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  A las puertas del Cambio  
 

Guillermo Cartasso - Director General de la Fundación Latina de Cultura

Desde la multitudinaria manifestación popular de la noche del 19 de diciembre de 2001, que invadió las calles de las principales ciudades del país, comenzó a gestarse un nuevo escenario político. La actuación espontánea de la ciudadanía reclamando por sus derechos cercenados fue un espectáculo desconocido para la clase dirigente. Sorpresa y desconcierto ganaron el escenario. Y también la capitalización de este hecho surgido desde el seno de la clase media argentina para fogonear los desmanes del 20 de diciembre en la Plaza de Mayo; desmanes que concluyeron en el primer golpe de estado civil de la historia reciente.

El aprovechamiento de la manifestación popular de aquel 19 de diciembre, menos de veinticuatro horas después, para voltear a un gobierno democrático, más allá de su ineficiencia, es un pecado cívico del cual nos arrepentiremos con la sabiduría que da el correr del tiempo. Ya no era patrimonio de los militares el golpe de estado: esta vez era protagonizado por civiles y alentado por dirigentes entre bambalinas. Tomamos entonces conciencia de que el “golpismo” no era fruto de la acción unilateral de los mismos grupúsculos militares que habían volteado a unos cuantos gobiernos constitucionales en el siglo XX. El golpismo estaba en las entrañas mismas de la dirigencia que no aceptó la continuidad de De La Rúa ni aún cuando, exánime en las últimas horas de su mandato, renunciado ya el ministro Cavallo, ofreció hacer un gobierno de integración nacional. ¿Cuál hubiera sido el éxito de la propuesta? Nadie lo sabe. Lo cierto es que se la desestimó de inmediato.

Pero no nos quedemos con la parte amarga de esas horas. Más bien detengámonos en el fenómeno de la gente saliendo de manera pacífica a protestar y, detrás de ello, a asumir su rol ciudadano. Era la primera ve que, sin elecciones de por medio y sin propaganda convocante, pasábamos a cambiar nuestro traje de habitantes pasivos por el de ciudadanos activos.

Lo ocurrido aquel 19 de diciembre fue un hito que mostró, como punta de iceberg, el despertar de un pueblo al que, desde 1930, parecieran haberlo inoculado en la indiferencia para con la vida institucional de la República. Es llamativo el descrédito en el que cayeron las instituciones a los largo de estos años. El surgimiento abrumador de las organizaciones de la sociedad civil muestra en qué medida la gente ha descreído del Estado por el fracaso continuado de los sucesivos gobiernos, todos los cuales se fueron con bajísimo índice de aceptación popular.

Poco más de dos décadas es insuficiente para pretender una república desarrollada. Pero sí podemos profundizar el aprendizaje y acelerar los tiempos históricos.

Una república no se sustenta sólo en la oportunidad de elegir cada tantos años y luego delegar en el elegido la totalidad del poder desentendiéndonos de la representación que hemos conferido. Sin embargo es, en gran medida, lo que hemos hecho hasta ahora. La república exige una militancia permanente, salir del espacio privado para ocuparnos también de lo que tenemos en común.

En los últimos ochenta años la historia política argentina está signada por los encantos y desencantos de nuestro pueblo con sus líderes. Al desencanto de una época que termina por agotamiento natural le responde la esperanza mítica por una nueva figura que surge y promete un futuro mejor. Esta figura se instala por un par de años, vive su tiempo de encanto, y luego comienza a decaer hasta hacernos volver al escenario desencantado, del cual nuevamente surgirá otra nueva figura que renovará la misma historia como una triste danza cíclica. Esta especie de mito del eterno retorno no sólo es patrimonio de nuestro pueblo. Muchas otras naciones lo padecen.

¿Será porque el ejercicio de buscar y controlar la representación de los que la ostentan es más trabajoso que entregarse con psique mesiánica a alguien a quien se le extiende un cheque en blanco, tan antojadizo como pasajero?

Es bueno ponernos, los argentinos, frente al espejo que nos muestre la realidad de nuestras propias conductas. Hemos desarrollado en los últimos años una capacidad sorprendente para crear chivos expiatorios de lo que en realidad todos somos culpables, por acción o por omisión.

Con la precisión de un matemático, la historia política argentina, desde la organización nacional hasta nuestros días, está partida en dos mitades exactas: la primera de progreso y la segunda de caída. Una caída de la cual parecemos estar despertando gracias al ejercicio continuado de casi treinta años de democracia; una democracia “minima” en términos de Huntington, pero democracia al fin.

La vocación cívica de los argentinos en estas elecciones puede dar un paso fundamental: ejercitar a la República con un congreso diverso que deje de ser una escribanía del Ejecutivo y que nos permita volver a ensayar los tiempos del diálogo, algo esencial a la democracia.